La importancia de los animales en

el hinduismo

Religion/Cultura

January 18, 2016

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Destino la India

Enero-Febrero 2016



La importancia de los animales en

En la India, los animales se asocian, se confunden y se mezclan con los dioses. Al principio puede ser un caos para un occidental. Pero ¿no se dice que del caos nace el equilibrio, el amor y la libertad?

Los dioses hindúes nacen del agua y las plantas, y el mundo animal está presente en todas partes. Pelos, picos, plumas, pieles, rugidos o cantos… entre el animal y el hombre hay pocas diferencias.

Llevados por 900 millones de fieles, estos innumerables dioses impregnan la India. El hinduismo no fue fundado por un profeta y no depende de un dogma central. Es una religión dinámica, un conjunto de conceptos filosóficos surgidos de tradiciones que se remontan a la protohistoria india. Dispone de un corpus de textos que primero se transmitieron de forma oral, los Vedas, después a través de los poemas épicos del Mahabharata y el Ramayana, y por último a través de los textos en sánscrito de los Purana. En este bosque de mitos hay sangre, deseo, esperanza, traición y sacrificio. No se le puede desasociar de la naturaleza.

En su ensayo Sacred animals of India, Nanditha Krishna nos recuerda que el hinduismo no distingue entre el alma animal y el alma humana. Toda forma de vida participa en el equilibrio del mundo y está sujeta al ciclo del nacimiento, la muerte y el renacimiento. La liberación de un alma depende de su karma, su destino y las acciones de aquel o aquella que habita. Así pues, los animales tienen un alma. Y un ser humano o un animal son parte integrante, y a partes iguales, del ciclo de la vida hasta que sean liberados del ciclo de los renacimientos. El nirvana es la última etapa de liberación del alma, que vuelve al Ser supremo o brahmán. En el hinduismo no existe una jerarquía entre el hombre y el animal. El animal no es una manifestación inferior del ser humano, sino que es otra forma de vida capaz de tener los mismos sentimientos o pasiones que el hombre.

De hecho, en los mitos creadores, los animales divinos aparecen de la misma forma que los otros dioses. Además, son las encarnaciones de los propios dioses, por lo que contribuyen al proceso de creación, de conservación y de transformación del mundo propio de la Trimurti hindú, representada por Brahma, Visnú y Shiva.

El néctar de la eternidad

La historia del batido del océano de leche, o samudra manthan, es una hermosa ilustración. Tras un diluvio memorable, los dioses, los Deva, y los demonios, los Asura, tenían mucha hambre y querían un néctar de la inmortalidad llamado amrita. Brahma los envía a ver a Visnú, quien les aconseja unirse para batir el océano celeste de leche Kir saagar. No es cosa fácil unirse cuando se es enemigo, pero seducidos por el néctar los Deva y los Asura decidieron hacerlo. Juntos batieron el océano y utilizaron el monte Mandara como pivote y el cuerpo de la famosa serpiente Vasuki (la serpiente sobre la que Visnú duerme entre dos ciclos del universo) como cuerda de la que tiraban de forma alternativa. Satisfecho, Visnú se encarna en el mundo bajo la forma de Kurma, la tortuga gigante que lleva en su caparazón al grupo recién creado. Sin embargo, primero aparece un violento veneno que, por suerte, Shiva se traga. Así, salva al mundo de la destrucción y conserva para siempre una huella de su acto en forma de mancha azul en la garganta. A continuación empiezan a emerger los nueve tesoros perdidos desde la creación del mundo. Entre ellos aparece el elefante blanco Airavata, la madre de todas las manadas, la vaca Kamadhenu y el caballo con siete cabezas, Uchchaishravas.

Cuando lo desean, los animales dan su fuerza a los dioses que los acompañan. Son los vâhanas, vehículos o monturas de los dioses. Es un papel noble y esencial ya que la tradición también dice que todo ser humano tiene como tarea y destino convertirse en el vâhana del Divino. Los encontramos asociados a su dios en la rica iconografía hindú. Nandi, el toro blanco, no se puede disociar de Shiva, puesto que juntos representan la fuerza, la virilidad y la justicia.

 

La diosa Lakshmi, en compañía de Visnú, reposa sobre unas serpientes

La diosa Lakshmi, en compañía de Visnú, reposa sobre unas serpientes

Nandi no es sólo la montura de Shiva, sino que también es su discípulo más cercano. Además es el guardián de todos los animales que caminan a cuatro patas.

La aterradora Kâli, diosa negra destructora de larga cabellera oscura, que viste un collar de 50 cabezas humanas alrededor del cuello y tiene una lengua roja como la sangre, es tan feroz, sanguinaria y poderosa como su tigre. Por su parte, Saraswati, la diosa del conocimiento, del lenguaje y de la música, posee la gracia y la sabiduría del cisne blanco que la acompaña.

Como aliados, los animales también refuerzan y multiplican los poderes de los dioses. Durga, la hermosa diosa guerrera, a pesar de su energía, inteligencia y las ocho armas que le han dado los otros dioses, no consigue derrotar al demonio Mahishasura sin la ayuda del león Manashthala.

Diferentes de los dioses por naturaleza, los animales son a veces los semejantes, pero opuestos, de su compañero divino. El ejemplo más divertido es el de Ganesh, ese niño regordete con cabeza de elefante, y su montura, la rata Mushika. Los dos compañeros se complementan al oponerse, macrocosmos y microcosmos. El imponente elefante, poderoso y reflexivo, la pequeña rata, fútil y maliciosa, disponen, pues, de todo lo necesario para eliminar los obstáculos. Ganesh, dios del hogar, del saber y la escritura, no puede ir por cualquier lugar como su rata Mushika, que aporta la fuerza del elefante al más pequeño de los seres.

Sin embargo, cabe destacar que estos últimos, antes de ser medio animales, tenían forma humana…

Dioses de apariencia animal

En efecto, originalmente, Mushika era un músico divino que debía divertir a los dioses. Sin embargo, no prestó atención y pisó los pies del sabio Vamadeva. Éste, sabio pero enfadado, maldijo al músico y lo transformó en rata, pero le prometió que algún día los dioses se inclinarían ante él.

Del mismo modo, Ganesh era un chico como otro cualquiera salvo por el hecho de haber nacido de las impurezas femeninas de su madre Parvati. Estaba frente a la puerta de ella, quien estaba bañándose, cuando Shiva llegó. Éste no le reconoció y, cuando se le negó el acceso a la habitación, decapitó al niño. La angustia y furia de Parvati fueron tales que Shiva prometió remplazar la cabeza del niño por la de la primera criatura viva que pasara…. Y resultó ser un elefante.

Podemos pensar que los dioses con formas animales refuerzan la idea de una igualdad total entre estas dos representaciones de lo vivo. En efecto, que Ganesh tenga una nueva cabeza de paquidermo no parece molestar a nadie.

Debemos recordar también que en la India la naturaleza está presente en todas partes. Para los antiguos aldeanos, observadores de la naturaleza, era sin duda expresivo ilustrar las cualidades o los defectos de un dios a través de una representación animal.

El pequeño Mushika, furtivo y distraído, nació rata después de una maldición. Representa el ego, los deseos y la dispersión del pensamiento. En presencia del dios elefante, sus distracciones continúan pero se emplean de la forma adecuada.

Ganesh, todavía llamado Ganapati, al final tuvo la suerte de perder su cabeza humana porque, si es el dios más popular de la India es precisamente porque posee las virtudes simbólicas del elefante. Como él, se aleja de las emboscadas y nada detiene su determinación; es el dios que separa los obstáculos de las ilusiones y la ignorancia. Es la sabiduría y la fuerza, el protector de todos los seres. Su enorme cabeza indica su inteligencia y su prudencia. Figura del sabio, es el dios de los estudios (tiene buena memoria) y de la escritura (de hecho, sólo tiene una sola defensa porque ha utilizado la otra para escribir el gran poema épico del Mahabharata). Sus grandes orejas abiertas destacan su capacidad de escucha de las cosas terrestres y espirituales. El elefante utiliza su trompa para ocuparse fácilmente de hasta las cosas más pequeñas, para sentir y para dar. Del mismo modo, cuando Ganesh gira su nariz hacia la izquierda y coge un ladoo, un dulce, recompensa los frutos de su labor mediante la comodidad y la prosperidad. Cuando orienta su trompa hacia la derecha se convierte en el pasaje hacia lo divino. Mediante el néctar del que dispone, Ganesh ayuda al fiel a alcanzar el moksha, la liberación final del alma individual.

En algunas situaciones, los dioses necesitan encarnarse en animales porque, aunque sean dioses, no poseen los atributos simbólicos y excepcionales de la especie deseada.

Manu, el ancestro de los hombres, encuentra un día en el agua de sus abluciones un pequeño pez. Éste le pide protección y le promete salvarle de un diluvio que acecha. El pez crece tanto, tanto, que sólo cabe en el océano. Entonces le pide a Manu que le construya un barco que pueda contener una pareja de cada especie, animal y vegetal. Cuando llega el diluvio, el pez lleva la embarcación a un lugar seguro. A continuación, bajo el agua, combate al demonio Hayagriva, que, por su parte, ha aprovechado para robar al dormido Brahma los Vedas, los textos sagrados.

Matsya, este pez salvador, es descubierto como una de las apariciones terrestres del dios Visnú. Estas apariciones reciben el nombre de avatar, y en este caso no se trata de uno cualquiera, ya que es el primero de los diez avatares de Visnú. Gracias a su soltura en el elemento primordial acuático puede salvar él solo a la raza humana y animal, así como al orden espiritual.

Ya hemos conocido al segundo avatar de Visnú, la tortuga Kurma. Es ella la que alza el monte Mandara en el centro del océano con su caparazón para que las divinidades puedan sentarse sobre él y así recuperar el néctar de la inmortalidad. También contribuye a encontrar los nueve tesoros perdidos. Con su caparazón, que representa a la bóveda celeste, y sus cuatro patas, que son los pilares del mundo, la tortuga protege al mundo y le asegura estabilidad y equilibrio.

Además, a veces los textos necesitan a los animales como intermediarios para hablar de la humanidad. Como destaca Catherine Clément en Promenade avec les dieux de l’Inde, el protagonista real del Ramayana, la epopeya que cuenta la leyenda del príncipe Rama, es el valiente y devoto mono divino Hanuman, adorado como un dios en la India. Gran erudito, dotado de una fuerza considerable y una inmensa valentía, realiza proezas para ayudar a Rama a combatir a Ravana, el rey de los demonios, quien ha secuestrado a la bella Sita. Cada una de estas pruebas a las que se enfrenta Hanuman en su viaje ponen de manifiesto su fe y devoción impecables. No deja de cumplir su misión, no cede a ninguna tentación y sortea todos los obstáculos… Su sabiduría más grande es su humildad y el respeto que demuestra hacia el prójimo. Muestra la felicidad, la fuerza, la superación de sí mismo y la libertad que dan el amor total y la devoción a una causa justa. De esta forma, en el Ramayana, los monos representan a los seres humanos: combativos, agitados, indisciplinados, agresivos, ruidosos, glotones… Y Hanuman es la imagen del hombre talentoso, hecho y derecho, con forma de mono. Es el símbolo de las cualidades que un ser humano debe desarrollar si quiere alcanzar la culminación en su vida.

Los dioses en la naturaleza

En la naturaleza también hay animales que son importantes por sí solos, tan útiles para la comunidad que merecen ser protegidos, agradecidos y venerados. Representan los beneficios del mundo creado sin los que los hombres no podrían sobrevivir.

Es el caso de la vaca, la cual para los hindúes simboliza la vida, la salud y la abundancia. De hecho, es el dios Krishna, el seductor vaquero, quien la protege. En algunos estados indios la vaca es considerada como un miembro de la familia, y el nacimiento de un ternero se festeja como el de un bebé.

Las vacas indias son muy resistentes y no necesitan mucha comida. Sin embargo, se muestran generosas y proporcionan leche nutritiva que el hombre puede consumir. Su bosta, mezclada con paja seca, supone un medio de combustión adaptado a la cocción lenta de los alimentos. Sirve de abono y aislante en las casas. Incluso su orina tiene funciones purificantes y terapéuticas.

La vaca también alumbra a las reses que ayudarán a trabajar los campos tirando arados y carretas para transportar los productos locales a los mercados.

Las vacas son útiles incluso una vez que fallecen, pues en algunas castas utilizan su piel para hacer objetos de cuero. Cuando mueren por causas naturales, algunos miembros de las castas bajas las comen. La tradición del culto a la vaca garantiza, pues, que la carne llegue al plato de los más pobres y los más hambrientos.

Y como ocurre a menudo en el hinduismo, si existen fuerzas solares, también existen fuerzas complementarias, de los animales más misteriosos o peligrosos, pero cuya presencia en la naturaleza es igual de importante y necesaria. Los animales con una fuerza simbólica de este tipo tienen derecho a su propio templo, independientemente del nombre del dios al que encarnan.

Es, por ejemplo, el caso de la serpiente. Cabe destacar que la India es el país con más serpientes del mundo, cuenta con 65 especies venenosas diferentes que causan un millón de víctimas al año, de las cuales 50 mil lo son por mordeduras mortíferas.

Su condición de reptil hace de ella un animal misterioso al que le gusta enrollarse en agujeros oscuros, en las entrañas de la tierra. Reptiles protectores de la energía vital, los tesoros y los espacios sagrados, las serpientes son “guardianes de las puertas” y, en concreto, de las de los santuarios.

Su muda regular evoca la noción de ciclo y de renovación. La gran serpiente cósmica que flota en el océano primordial y sobre la que descansa Visnú durante su sueño cósmico se llama Anantan, el infinito. También es Shesha, la serpiente original, nacida de la unión de Kashyapa y Kadru, la inmortalidad. Al casarse con Anantashirsha, es decir, el “comienzo de la eternidad”, Shesha se convierte al mismo tiempo en el hijo de la inmortalidad, el vestigio de los universos destruidos y el germen de todas las creaciones futuras. Así pues, es por eso por lo que se reza a las serpientes, las Nagas, para la fertilidad de los suelos y la fecundidad de las mujeres.

Como los humanos, están marcadas por la ambivalencia de su naturaleza, mitad divina, mitad demoníaca. En su caso, esta dualidad se manifiesta particularmente por su veneno, que como una droga puede utilizarse con fines o bien maléficos y destructores, o bien benéficos y curativos.

Compañeros fieles de una divinidad, figuras y emblemas dotados de poderes excepcionales que les confieren un estatuto divino, pruebas de la presencia de los dioses sobre la tierra, los animales ocupan, pues, un lugar único entre los mitos hindúes. Forman parte del gran Todo y desempeñan un papel central en el equilibrio de las energías del mundo.

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